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Sergio
continuaba pensando, aún mientras dormía. Una extraña sensación escondida
entre su vida cotidiana y aquellos recuerdos postergados desde buen tiempo
atrás, se le había hecho consciente sin quererlo.
En su cabeza daba vueltas la conversación que había mantenido en la tarde
con su nuevo compañero de trabajo, un muchacho tal vez veinte años menor
que él.
Cuantas veces en donde menos se piensa aparecen las respuestas a tantas
interrogantes. Por ejemplo, Sergio se veía a si mismo como un tipo joven.
Cuarenta y cinco años no tenían porque ser necesariamente una edad iniciática
de la vejez. Una pancita incipiente y algunas fatigas atribuidas al paquete
y pico de cigarrillos que fumaba diariamente, no lograban desubicarlo
cronológicamente. No era decididamente calvo, ni tenía muchas canas. Pero
aún más, todavía no podía percibir esos mensajes subliminales e íntimos,
como el de aquel domingo en que jugando Brasil por el campeonato mundial,
se maravilló con Ribaldo y sin pensarlo lo comparó a viva voz con el ídolo
de su niñez, Pedro Virgilio Rocha, para asombro y desconcierto de varios
muchachos del trabajo que lo miraban interrogantes para saber de quien
hablaba.
Y era en realidad un tipo joven. Un tipo, un típico, en definitiva un
tipo típico de clase media del Uruguay de hoy.
Ese trabalenguas al mejor estilo Wimpi, lo había hecho sonreír. Apagó
el cigarrillo que estaba fumando, alargó la mano para acariciar a su compañera
que respiraba rítmicamente en un profundo sueño, y se hundió en el hueco
de la cama buscando aplacar esa ansiedad. Y aun así se durmió sin dejar
de pensar.
La empresa en donde trabajaba le había dado muchas posibilidades. Luego
de 25 años de servicio, becas y cursos de por medio, era un Gerente. Lo
era desde que había cumplido los treinta años, y para muchos rompió el
prejuicio generacional de ser un imberbe ejecutivo. No había defraudado.
Auto, casa propia, hijos domingueros de un primer matrimonio y rigurosa
terapia sicoanalítica para saber cómo ser feliz desembocaron en una nueva
pareja sin hijos que completaba la escenografía de su vida. Todo un tipo.
Pero esa tarde, el muchachito nuevo le había dado la clave, y sin siquiera
darse cuenta de lo que estaba sucediendo, con esa frescura e inocencia
que solo se puede tener a los veintipocos años.
Eran las seis de la tarde, y todo el personal de la oficina estaba concentrado
en los cierres finales de caja y contabilidad. Todos menos Javier. Tenía
que rendir un examen de inglés y necesitaba la autorización de Sergio
para retirarse antes. Descontaba el permiso, pero era de norma hacerlo.
Sergio lo miraba fijo mientras asentía con su cabeza. Pensaba en cuanto
tiempo hacía que había rendido un examen. Sin poder contenerse le insinuó
varios consejos, casi paternalmente:
-
Tenés que cuidarte con los verbos, y sobre todo con to be, que es bastante
usado..., te acordás de Shakespeare: to be or not to be..., ser o no ser...
- ¿Sabe que Sergio, a mi me gusta más traducirlo como estar o no estar...,
ser es demasiado imperativo, en cambio estar es más placentero. ¿Qué suerte
tenemos los hispano parlantes, no?. Tenemos la posibilidad de elegir muchos
más verbos o adjetivos que los ingleses.
- Eso es un disparate Javier..., y tené cuidado porque todavía vas a perder
el examen...
- Pero no Sergio, fíjese. ¿Qué hubiera sido de la civilización occidental
si en lugar de haber sido usado como ser o no ser, hubieran adoptado el
estar o no estar?....
- Mejor andá que vas a llegar tarde..., y buena suerte.
Esa
perspectiva se le imprimió en su mente, descuidada e informalmente. Y
se fue para su casa. Como en un juego de rompecabezas comenzó a buscarle
variantes a la idea: ser o no ser alguien…, ser o no ser exitoso…, ser
o no ser querido…, ser o no ser feliz.
Se resistía a considerar ese nuevo ángulo y darle la razón a Javier, pero
la idea seguía golpeando. Ser o no ser…, terrible mandato casi competitivo
y excluyente. Ser o no ser, fórmula contabilizadora de hombres exitosos,
y fracasados. Todos corriendo para cumplir con esa máxima, y todos en
una sociedad cada día más neurótica y solitaria.
Ser o no ser un viejo. Sonaba concluyente y definitivo. Mejor le acomodaba
el estar viejo, porque era una decisión propia. Se está o no se está viejo
por opción de vida y no por contabilización de tiempo.
Ser o no ser feliz. ¿Y si todo fuera nada más que estar feliz?. Por ejemplo,
suena más cotidiano el "estar triste" que el "ser triste", o el estar
angustiado que no admite un ser angustiado. Y en español solo se puede
estar contento.
El ser o no ser excluye, no da cabida a los momentos, se es o no se es
siempre. ¿Y quien tiene la felicidad eternamente?. Seguramente no era
él. Por eso con cada pensamiento más se convencía, y más vueltas daba
en su cama.
Estar feliz es singularmente placentero, concluyó. No requiere promesas,
no se mide ni se compara y menos aún genera miedos. El estar feliz no
se pierde. No importa si es por un segundo, porque no viene cargado de
apegos. Se vive detrás de la idea de ser feliz, y cuando en algún momento
se está feliz no nos alcanza.
Por eso el amanecer lo encontró en su cama, pensando...estar o no estar...,
he ahí el problema...
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